“No soy la Narcosatánica”: Sara Aldrete lleva 37 años en prisión y pide que conozcan a la mujer detrás del expediente
La llamaron “La Narcosatánica”, “la bruja”, “la hechicera” y otros nombres que terminaron convirtiéndose en parte de una historia que, según ella, ocultó a la persona detrás del expediente.
Hoy, a sus 61 años, Sara Aldrete lleva 37 años privada de la libertad y sostiene que se ha hablado demasiado de la mujer del expediente, pero muy poco de Sara María Aldrete Villarreal.
“Se ha hablado mucho del expediente de la mujer, pero no de la mujer del expediente”, reclama.
Originaria de Matamoros, Tamaulipas, Sara cumple su condena en el Centro Femenil de Reinserción Social Tepepan, donde ha pasado los últimos años de una vida marcada por el encierro, la pérdida de familiares y una batalla legal que, asegura, todavía no termina.
De Matamoros a convertirse en “La Narcosatánica”
Sara tenía 24 años cuando fue detenida, el 6 de mayo de 1989, durante una balacera en Ciudad de México relacionada con el caso de Adolfo de Jesús Constanzo.
En aquellos años, México estaba conmocionado por una serie de asesinatos ocurridos en Matamoros y atribuidos a un grupo relacionado con prácticas de santería encabezado por Constanzo.
Sara quedó vinculada al caso después de haber conocido al líder del grupo.
Su versión es que Constanzo la secuestró y que ella llegó a pedir ayuda. Según su relato, lanzó una nota por una ventana para solicitar auxilio, lo que desencadenó los acontecimientos que terminaron con su detención.
Constanzo murió durante el operativo.
Para Sara, ese momento marcó el inicio de una pesadilla que todavía recuerda con claridad.
“Ya me fregué, quién va a decir que soy inocente”, pensó entonces.
“Fui crucificada antes de ser juzgada”
Después de su detención, Sara denunció haber sido víctima de tortura durante los días previos a su presentación ante el juez.
En su relato habla de golpes, humillaciones, descargas eléctricas, quemaduras y violencia sexual.
Afirma que esas experiencias marcaron para siempre su vida y que, décadas después, las heridas psicológicas continúan abiertas.
“Es como si se hubiera detenido en ese espacio y en esos momentos”, explica al recordar aquellos días.
También sostiene que su confesión y parte de las acusaciones en su contra estuvieron relacionadas con declaraciones obtenidas bajo tortura.
El llamado Protocolo de Estambul fue utilizado posteriormente para documentar las afectaciones que denunció.
Una sentencia que llegó a los 647 años
La sentencia inicial contra Sara fue de 647 años y cinco meses de prisión por diversos delitos, entre ellos homicidio, delitos contra la salud, acopio de armas, profanación de cadáveres y asociación delictuosa.
Con el paso del tiempo, esa condena se redujo a menos de 50 años.
Sara sostiene que no existen pruebas forenses que demuestren que participó en los asesinatos que se le atribuyeron.
También afirma que distintos recursos y solicitudes para obtener su libertad no han prosperado.
Uno de los obstáculos más recientes, según su versión, estuvo relacionado con una reparación del daño que considera prescrita.
La mujer detrás del expediente
Mientras afuera se construía el personaje de “La Narcosatánica”, dentro de las cárceles Sara comenzó a construir otra identidad.
Escritora, actriz, poeta y defensora de los derechos de mujeres privadas de la libertad, ha participado en proyectos culturales y teatrales dentro del sistema penitenciario.
También fue una de las autoras del libro Mujeres de Oriente, relatos desde la cárcel, surgido de talleres literarios realizados en prisión.
Posteriormente escribió Me dicen la narcosatánica, donde plasmó su propia versión de los acontecimientos.
Para ella, escribir representa una forma de libertad.
“El teatro te hace soñar, la escritura te hace volar”, resume.
De prisión en prisión
Durante sus 37 años privada de la libertad, Sara ha pasado por distintos centros penitenciarios.
Estuvo más de 15 años en el Oriente Femenil, posteriormente pasó por Santa Martha, un centro federal en Baja California, las Islas Marías, un penal de máxima seguridad en Mazatlán, Tepic, el Cefereso 16 y finalmente Tepepan.
En ese recorrido ha conocido distintas etapas del sistema penitenciario mexicano y asegura haber sido testigo de la evolución y también de las carencias que todavía enfrentan las mujeres en prisión.
“Duro contra el muro”
Sara se ha convertido también en una voz que cuestiona las condiciones de las mujeres privadas de la libertad.
Considera que muchas mujeres llegan a prisión después de historias de violencia, abandono o relaciones abusivas que comenzaron mucho antes de cometer un delito.
Para ella, la reinserción no puede limitarse a preparar a una persona para salir de prisión.
También hay que preguntarse por qué tantas mujeres terminan llegando ahí.
En una actividad relacionada con el 8M portó una pañoleta morada con una frase que resume parte de su pensamiento:
“Duro contra el muro”.
Para Sara significa derribar las barreras que separan a las personas privadas de la libertad del resto de la sociedad.
Sus 29 gatos son parte de su familia
En medio de una vida marcada por el encierro, hay algo que le da una razón para levantarse cada mañana: sus gatos.
Sara asegura tener 29 gatos, muchos de ellos considerados parte de su familia.
Los conoce por nombre y habla de ellos con especial cariño.
Cuando le preguntan qué necesita para ella, responde que preferiría recibir alimento para sus animales antes que cualquier otra cosa.
Incluso bromea con que cuando consiga su libertad, ellos también saldrán de prisión.
“Van a ser exconvictos”, dice entre risas.
La muerte de sus padres cambió su manera de mirar la libertad
Durante sus años en prisión, Sara perdió a sus padres.
Durante mucho tiempo soñó con salir y volver a dormir entre ellos, como cuando era niña.
Ahora ese deseo ya no puede cumplirse.
Por eso su idea de libertad cambió.
Hoy imagina una casa con un gran patio y espacio suficiente para sus gatos. Un lugar tranquilo, alejado de las miradas de quienes todavía la identifican únicamente con el personaje construido alrededor del caso.
“Que el mundo viva lo que tenga que vivir, y que me dejen vivir lo que yo quiero como yo lo quiero”, expresa.
“No soy culpable de todo lo que me acusan”
Sara no niega que tomó decisiones que considera equivocadas.
Reconoce que involucrarse con las personas que conoció alrededor de Constanzo fue un error.
Pero sostiene que no participó en asesinatos ni sacrificios humanos.
“No soy culpable de todo lo que me acusan”, afirma.
Para ella, esa diferencia es fundamental.
Sara quiere que recuerden a la mujer, no al mito
Después de casi cuatro décadas entre muros, Sara asegura que no busca únicamente que la gente olvide el caso.
Quiere algo distinto: que antes de juzgarla conozcan a la persona.
A la mujer que escribe, lee, actúa, cuida animales, acompaña a otras internas y todavía conserva la capacidad de asombro.
La misma mujer que, después de 37 años de prisión, continúa esperando una resolución que pueda devolverle la libertad.
“Me gusta pensar en lo que soy hoy”, dice.









